Torrijas por despecho

13 Jun

Hoy, si me lo permitís, me gustaría salirme un poco del mundo de la traducción para expresar mi malestar general.

Hay gente que ante una situación de estrés máximo o cuando la frustración ahoga sus anhelos es capaz de gritar, de romper cosas, de maldecir el momento de su nacimiento o el del prójimo.

Yo no. Mi infancia me dotó de un escudo diplomático: era la única manera de llegar intacto a la universidad dada mi alergia a la confrontación y mi escepticismo ante el deporte. Por eso, cuando me siento mal, cocino (y como, como como si no hubiese un mañana, sin importarme ese futuro de colesterol y aeróbic que algunos me auguran, sin importarme esa incipiente papada mía en la que en un par de años cabrán doce doradas de kilo y medio cada una).

Antes de que comience a divagar, pues mi infancia es un tema que me gusta discutir bastante, mejor me centro. El caso es que leyendo la prensa española, leí a algún político hablando del pan encima de la mesa de los españoles. El pan, el alimento demagógico por excelencia. Además de ser muy nutritivo, el pan incluye en su receta un pasado histórico deleznable: todos los dictadores y déspotas han jugado con su nombre y con su escasez. “Ni un hogar sin lumbre ni una mesa sin pan”, rezaba un conocido eslogan del franquismo.

Harto de tanta demagogia, cojo una barra de pan del día anterior: el pan duro no está duro, lo duro es no tener pan, dicen. ¡A la mierda! En España somos creativos y expertos en economía doméstica de postguerra: hoy voy a hacer torrijas.

Un chute de azúcar y de amor de abuela para enfrentarse al mundo.
(foto padresynones.es)

Cortamos ese pan duro en rodajas de unos dos centímetros, preferiblemente imaginándonos el cuello del político de turno, del cliente que nos ratea y devalúa nuestro precio por palabra o simplemente de alguien que no nos guste.

En el canal de noticias 24 horas continúan hablando. Me gusta escuchar la radio o tener el runrún de las noticias de fondo mientras me dedico a “mis labores”. No sé cuántas veces he escuchado ya hablar de la prima de riesgo, pero aunque nunca he tenido al 100% claro lo que es, la percibo familiar, como a ese lunar que te preocupa pero que forma parte de tu piel.

En un cazo ponemos a hervir dos vasos de leche, una cáscara de limón y una ramita de canela.
En mi cabeza sigue hirviendo la indignación. Esta semana perdí a un cliente potencial. Lo cierto es que debería estar agradecido: tras una ardua negociación de 6 emails el precio final por palabra, que por vergüenza no diré, incluía fracciones de céntimo. Estuve muy tentado de ofrecerle “fracciones de letra”. El caso es que no lo acepté, pero también es cierto que mi volumen de encargos no es por el momento tan grande como desearía y me quedé con algo de desasosiego, más aún viendo a diario cómo los organismos públicos apuestan cada vez menos por la contratación de traductores e intérpretes.

Retiramos la leche del fuego, la vertemos sobre un plato hondo y la dejamos enfriar.

La locutora del programa sigue hablando: crisis, crisis everywhere. Soy de los que piensan que en España nos han vendido la crisis como el “que viene el coco”. Naturalmente que existe, sería una estupidez negarlo a estas alturas, pero ese miedo al gasto no ayuda. Hay países que viven en crisis desde que nacieron, me imagino que a ellos les resultará insultante la manera que tenemos de rasgarnos las vestiduras ante la merma de nuestro estado de bienestar. Y claro que sé que la crisis es un drama  real en algunas casas, donde no entra el dinero desde hace meses. Al fin y al cabo la crisis se ha traducido en excusa por parte de algunos empleadores y políticos para meter tijera donde hace unos años no podían. Para nosotros, traductores, intérpretes y lingüistas en general, si bien el sector no ha experimentado un retroceso como en otros ramos, parece que para algunas entidades y empresas la comunicación en otro idioma es un lujo. Por eso, soy de los que piensa que más grave que la crisis de financiación es la crisis de valores de la sociedad en crisis: todos queremos ser más ricos pero nadie quiere ser mejor, y eso si que manda hue…

Batimos dos huevos en un plato y en otro ponemos azúcar mezclada con canela molida. Reservamos y preparamos una fuente con papel absorbente.

Cuando la leche se haya enfriado introducimos las rebanadas de pan. Aunque la receta original no lo lleva, utilizo mi horrible jornada como excusa para añadir a la leche tibia un pequeño chorreón de alcohol (ron, brandy…) sin abandonarme en exceso a la botella.

¡Ay España! ¡Quién te ha visto y quién te ve! Viviendo en la próspera Alemania la realidad se me antoja distinta. No creo demasiado en los orgullos patrios, la historia ha demostrado que hay que guardarse bastante de ellos, pero siempre me ha reconfortado la idea de pertenencia a un país que inspiraba simpatía en medio mundo. No quiero decir que nos hayamos convertido en los parias de Europa, pero empiezo a sospechar que la Europa de dos ritmos que anticipó Merkozy hace ya meses que está presente en la mente de muchos europeos. Pff, Sarkozy, uno que decidió morir matando.

Por suerte, España siempre encuentra una esquina en la que guardar su orgullo ultrajado, a saber: el deporte. En tiempos de Eurocopas y demás, parece que la prima de riesgo se toma el día libre para ir a ver ganar a Nadal en Francia, o al menos es lo que se deduce echando un simple vistazo a twitter. No es ningún secreto que los españoles somos un pueblo evasivo, que a menudo prefiere mirar a otro lado, menos hostil, cuando las cosas se ponen calientes.

Ponemos a calentar un sartén con aceite en gran fritura (es decir, mucho aceite a gran temperatura de modo que el objeto a freír “nade” en él). A continuación dejamos empapar el pan en la leche, la pasamos por el huevo batido, y la metemos en la sartén.

Cuando las torrijas tengan un color dorado retiramos, dejamos que escurran el aceite sobrante en la fuente con papel y rebozamos con el azúcar y la canela que previamente hemos dispuesto en un plato.

Et voilà, unas ricas torrijas. Sé que es un postre típico de Semana Santa, pero mirando la realidad, tan llena de maniquís entronizados y líderes bajo palio, no me pareció tan inapropiado hacerlas.

Las torrijas, como las opiniones, es mejor dejarlas enfriar.

¡Buen provecho!

Hola guapo, ¿tienes un minutillo?*

29 Mar

*La siguiente situación es ficticia, aunque podría no serlo…

Todo comenzó con un breve mensaje en facebook de una conocida:
—Hola guapo, ¿tienes un minutillo?
—Claro primor, ¿qué tal estás?
—Yo bien, ¿y tú?
—Bueno, pues ahí vamos, un poco liado con …. — antes de poder terminar la oración y explicar qué se cuece en lo más profundo de mi alma obtengo una respuesta por su parte.

—Aha, es que te quería pedir un favorcillo, plis.
—Si, dime, ¿de qué se trata?
—No es ná, es que me ayudes a traducir una cosilla de ná, un texto pequeño y facilillo.
—De acuerdo, envíamelo al correo y hoy mismo me pongo con ello.
—Es que lo necesito urgentemente…

Sin que me de tiempo siquiera a adjuntar mi dirección de correo o puntualizar los plazos, me encuentro con un parrafo copy&paste equivalente a 5 tomos de la Enciclopedia Larousse.

—Mmmm, nena, esto está en inglés, tú sabes que lo mío es el alemán ¿no?
—Si, pero hoy en día todo el mundo sabe inglés y como eres traductor…
Nota: si todo el mundo sabe inglés, hazlo tú, que “todo el mundo” también te engloba a ti, hija de mi alma.

Creo que soy una buena persona; nunca he fundado una leprosería en la Polinesia Francesa, pero intento ayudar a quien me lo pide. De modo que me dispongo a traducir el texto.

Lo que me fue presentado como un texto pequeño y facilillo es en realidad un tratado de genómica funcional de 43 páginas de extensión.

Tras muchas, muchas horas, termino mi encargo y se lo envío a la chica, quien agradecida me dice:

—Mmmm, bueno, voy a ver si me da tiempo a imprimirlo, porque ya debería estar encuadernándolo. Pero oye, gracias, te debo una cerveza—.
En mi cabeza y aún dando espasmos por el agotamiento, pienso: pues ya tiene que ser cara la cerveza, hija de tu madre…

Muere maldita, muere.

A los dos días recibo de nuevo un mensaje de la chica, quien directamente prescinde del saludo de rigor y del edulcorante “guapo”.

—Oye, que mi jefe de laboratorio dice que el texto, bueno que el estilo no termina de gustarle.
—En ese caso dile que se ponga en contacto conmigo y veremos qué se puede hacer.
—Ya, es que le he dicho que lo traduje yo.

Llegados a este punto activo el modo dignidad y le respondo visiblemente irritado:

—Mira amiga—siendo esto un eufemismo de “mira furcia”—, creo que me has utilizado. Yo de buen grado hago cuanto me piden, pero creo que existen determinadas fronteras entre el favor y disponer de las horas de un profesional con toda la cara dura.

La chica me responde también en modo digno:

—Mira, no te pongas así, que si lo llego a saber se lo envío a mi prima Encarni, la que estuvo 3 meses en Londres de au pair, y lo hace tan bien como tú.
—Pues procede, bonita, procede…

 

Ahora pongamos la misma situación hipotética al revés. En ella nuestra amiga es carpintera.

—Hola guapura, ¿qué tal?
—Hola, aquí velando a mi hamster que…
—Te quiero pedir un favorcillo de nada, tú que eres noble carpintera.
—¿Perdón?
—Si, se trata de tapizar un sofá antiguo para el cumpleaños de mi Yaya Manuela.
—Puff, estoy liadísima… pero te puedo enseñar a hacerlo.
—Ojalá pudiese, TÍA,  pero soy un negado para los trabajos manuales, además, ¿quién no sabe hoy en día retapizar una pieza decimonónica almacenada durante décadas en un sótano húmedo?
—Bueno, a ver qué puedo hacer.

Tras dos semanas de de lijar armazones comidos de carcoma, rebarnizar las patas, rellenar respaldos con gomaespuma y demás clavos y grapas industriales, me acerco al taller a ver “mi encarguillo”.

—Hola chata, como compensación te he traído una bolsa de doritos tex-mex por el trabajazo que has hecho—.

No hay nada tan sencillo y elegante como un sofá isabelino para devolverle a tu salón el lustre perdido.

Ella, indignada, me muestra su obra de arte: en sus ojos hay un brillo de orgullo, de reto superado. Contemplo la obra y respondo:

—Ay que tonto soy…debería habértelo dicho antes. Es que mi Yaya Manuela quiere un tapizado estilo Chester, que al parecer se lleva muchísimo ahora—. Ella me mira con violencia y me profiere una serie de insultos que de reproducirlos aquí conducirían al cierre inmediato de este blog.

—Joder tía, cómo te pones, que no creo yo que restaurar un mueble estilo isabelino sea tal cosa…

Repito que esta historia no es real y ha sido totalmente exagerada, en su vertiente más barroca y andaluza. Pero hay algo tristemente cierto detrás de ella: aún no gozamos del reconocimiento que merecemos por parte del grueso de la sociedad porque no lo tenemos ni en nuestros círculos más próximos. De modo que a falta de huelga aquí en Alemania, mi pancarta será virtual: soy traductor, no por afición sino de profesión. Vivo de ello y no soy una máquina, gracias.

¡Vente pa’ Alemania, Pepe! Cinco mentiras sobre la vida y el trabajo en Alemania

22 Mar

Existen muchas leyendas urbanas con respecto a la vida más allá de los Pirineos.
Algunos dicen que allí no se rasuran las axilas, otros afirman que no saben divertirse. Sin querer entrar a valorar la veracidad o no de tales afirmaciones, me gustaría mencionar otras tantas leyendas, algunas incluso auspiciadas por nuestras instituciones, sobre irse a trabajar al extranjero.

Para ello me centraré en el país en el que vivo, Alemania. Muchos jóvenes se deciden por este país en el que parece que la bolsa siempre suena. Más allá de su cerveza, sus autovías y un pasado diremos “turbulento”, Alemania parece ser una máquina que nunca cesa y siempre necesita carbón nuevo.

No es ningún secreto la fuga de cerebros y de talentos que está sufriendo España, como tampoco lo es la total ineptitud de quien ha invertido un capital en la educación de sus ciudadanos permitiendo que su savia joven cotice en Alemania. Como decía Concha Caballero en un artículo sobre “la nueva emigración española” (se centraba en el caso andaluz, aún más flagrante), los nuevos emigrantes ya no llevan maletas de cartón, sino un portatil bajo el brazo. Entre los que se van hay ingenieros, personal médico o lingüistas, pero también gente que mordió el polvo cuando la construcción derivó en destrucción.

¡Vente pa’ Alemania, Pepe!

Mentira Nº 1: “Vente Pepe, que en Alemania todo el mundo habla inglés”

Lo siento Pepe, pero en Alemania no todo el mundo habla inglés. Te encontrarás con un pueblo que en efecto, ha viajado más que los españoles y cuyos ciudadanos posiblemente sepan preguntar qué tal ha ido tu día en inglés. Ahora bien, querido Pepe, has de saber que el nivel de inglés de un alemán no difiere mucho del de un español medio. Que no te confunda que cuando hablen inglés “no los entiendas”: esto nunca ha sido una garantía de dominar un idioma.

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La cosa se complica en según que sectores. Entre los Pepes que han venido, o vendrán a Alemania, hay algunos que no han tenido acceso a una ingeniería o formación superior. No digo con ello que un físico tenga por qué hablar mejor que un peón de albañil, pero cierto es que éste último en su trabajo no ha tenido que lidiar con publicaciones escritas presumiblemente en inglés. Conozco a muchos de estos y los que han tenido suerte están trabajando en una cafetería o de mozo en una fábrica. Siempre me cuentan lo mismo: “no tengo ni puta idea de lo que me dicen, y en inglés tampoco nos entendemos”. Por eso recomiendo a todos los Pepes que no desestimen la opción de aprender alemán unos meses antes de emprender su odisea, si entrase dentro de sus posibles. Un nivel B1 o incluso inferior basta para según qué trabajos.

Mentira Nº 2: “Vente Pepe, que en Alemania pagan un pastizal”

Si Pepe si, pero que te sigan contando el pellizco de impuestos y la carestía de la vida.
Es cierto que muchos trabajos están mejor remunerados, pero he trabajado lo suficiente en la hostelería para saber que aún teniendo contrato, me han pisado con la misma mala sombra que sus homólogos españoles, que ocho horas son ocho veces “iluso tú” y que el concepto de minijob, entendido como trabajo basura, está a la orden del día.

Mentira Nº 3: “Pepe, ¿aún no te has decidido? ¡Si aquí no hay paro!

Es cierto, las estadísticas arrojan un 4% o menos en estados federados como Baden-Württemberg o Renania-Palatinado. Pero los Pepes más trendy optan por irse a Berlín. Siento decirlo, y seguramente muchos me lo criticarán, pero Berlín es un oasis de gente tan creativa que por no tener ataduras, no tienen ni trabajo. Dicen que Berlín es un libro en blanco que se escribe día a día. No lo dudo; pero también pienso que la creatividad con hambre no se puede ejercitar, y Berlín es un hueso algo más duro de roer que otros estados. En algunas ciudades del este, como en Halle (Saale), llegan a un 20% de desempleo. La Junta de Andalucía está pensando ya en un hermanamiento con dicha ciudad. No soy un experto en la materia, pero resulta evidente que algo ha tenido que ocurrir en Alemania para llegar a unas cifras de empleo que producen vértigo. Sin dudar que Frau Merkel y su camarilla lo hayan hecho bien, cabe destacar la progresiva reforma laboral, que  de una manera sutil fomenta el empleo-fast-food.

Mentira Nº 4: “Tú vente, que aquí siguen buscando”

Si Frau Merkel tuviese una máquina del tiempo seguramente hubiese preferido meterse la lengua en el mismísimo Baden-Baden en el célebre momento en que puso el cartel de “Se buscan trabajadores de fuera, preguntar por Angelitas”. Queda cada vez más patente que el baile ha terminado; la primera señal ha sido dificultar el acceso al subsidio por desempleo (el Hartz IV) a los recién llegados de los países del sur a Alemania.

Mentira Nº 5: “¿Te vas a ir a Alemania? ¡Pero si allí la gente no es feliz!

La felicidad es un sentimiento tan relativo como efímero. Un concierto de El Barrio puede ser para unos una experiencia casi mística, algo que toca el alma y deja en la boca un regusto a miel y canela; para mi otros es preferible un cateterismo nasal.
Los alemanes, en mi opinión, cultivan más las aficiones de puertas para dentro; leen más, decoran sus casas con esmero, pues son sus templos. Si un español se aburre se baja a un bar, no tiene por qué tener un hobbie. Somos sociales y alegres, no cabe duda. Pero la prueba de que a los alemanes también les gusta un cafelito en una terraza y un sarao se ve cuando salen tres rayos de sol. Sea como sea, todos queremos e intentamos ser felices, da igual de qué pueblo nos hayamos escapado.

Todo esto es mi visión subjetiva, siempre discutible y sin querer ofender. Yo he visto Alemania con mis ojos, no sé cómo será a través de los ojos de otro.
En cualquier caso, a quien decida venirse, le deseo todo el ánimo del mundo y preparar bien su viaje, pues nada es tan fácil como lo pintan.

Cuento chino

6 Mar

Una de las aficiones más comunes del homo traductoris es practicar una autopsia a las traducciones ajenas. Hay casos en los que falla la ortografía, en otros, la construcción gramatical falla o se ve encorsetada por un uso poco docto de la lengua. En otros tantos el factor cultural, alma de toda traducción, patina por olvidar a quién va dirigido. Y luego está China y sus traducciones…

El gigante asiático al que, viendo sus cifras, es difícil tutear, se vuelve frágil y humano en lo que a traducción se refiere. Ay China de mis amores, feroz dragón de oriente…¡qué buenos ratos nos das con tus traducciones low cost a golpe de google!

Es quizás ese uno de los factores por los que se tiende a desconfiar de muchos productos chinos (también el hecho de que muchos se rompan al tercer uso o imiten el logo de Apple llamándolo Aqple). Me pregunto qué será de China cuando imite el modelo alemán de calidad impepinable, pero eso es otro tema.

 

Pero en honor a la verdad, no solo China nos deleita con sus traducciones imposibles. De hecho la misma España, madre del turismo de masas desde que Benidorm era un chambao de cañas, sigue siendo esquiva a esto de consultar, ya no digo a un traductor, sino a alguien que haya tenido algún contacto en su vida con alguien de Pirineos para arriba.

Adjuntas os remito un par de perlas patrias, una de ellas extraída de un hotel en el que trabajé (no como traductor, malpensados). La cosa se vuelve más cómica si uno se da un paseo por cualquier chiringuito de la Costa del Sol o similar. Cientos de cartas de restaurantes y menús del día que reciben al cliente con indescifrables platos, algunos rayando en lo escatológico…otros tantos cogiendo la palabra española y añadiéndole lo que creo que consideran, una terminación en alemán o inglés. (He visto: Pataten, y Sangríen).

Sea como fuere, os recomiendo, a aquellos que trabajéis con el alemán, un libro que me regalaron y que por más que lo vea sigue haciéndome gracia: “Übelsetzungen” (Langescheidt, 2009). Se trata de una compilación de fotos de las peores traducciones de la historia. Resulta especialmente llamativo el alto porcentaje de traducciones made in Spain que se encuentran en sus páginas. Todos hemos conocido a gente, maravillosos profesionales en sus campos sean cuales sean, que siguen confiando ciegamente en google y sus traducciones. Francamente, nunca iría a venderle mis servicios al chiringuito “Casa Paco” del pueblo costero de turno, pero si el hostelero en cuestión me preguntase cómo traducir “calamares a la romana”, con gusto y salero lo haría; ya negociaría que me pusiese una caña después… Por lo demás, ya sea en China o en Almuñécar, no creo que el panorama cambie mucho en cuanto a valoración del trabajo de un traductor VS evil google; ante eso, riamos compañeros y dejemos que las máquinas expendedoras del Tram de Alicante sigan ofreciendo al usuario alemán “elegir su destino” (siendo éste “sino”) y que en Torremolinos te vendan una crema de verduras como una “it cremates of greenness”. Lo demás, son cuentos chinos…

 

Levántate y anda…

5 Mar

De cómo he llegado hasta aquí no tengo la menor idea. Lo cierto es que han sido unos meses raros, inmerso en una especie de limbo a cámara lenta. Como cuando en las películas aplican un filtro borroso y blanquecino para dar a entender que la escena es un sueño.

Cuando me licencié en traducción e interpretación tenía una cosa clara: no quería ser traductor. Me mudé a Alemania porque el proyecto de vida que tenía entre manos no podía ser más deseable; una nueva ciudad, compartir casa y vida con mi pareja, hacer de esa casa un hogar (el proceso IKEA) y lo más importante, dejar atrás libros y exámenes y empezar a ganar dinero y ser el auténtico dueño de mi vida.

Fase 1: El idealismo

Llegados a este punto sobra decir la imagen que había construído sobre mi futuro (ver Ilustración 1). Danzando cantarín y alegre sobre ese jardín de rosas que solo había en mi cabeza, esperaba que algún cazatalentos me contratase; así sin más, al fin y al cabo era licenciado. Pero el tiempo pasaba y el trabajo no llegaba. Tampoco las noches bebiendo brandy en bata de seda junto a la chimenea. Mi sueño de éxito y sonrisa permanente se estaba yendo a tomar …..viento.

Fase 2: El autoboicot 

A continuación y aún aferrándose a sus sueños, uno empieza a dudar de aquello que ha estudiado y de si realmente es lo que quería. Creo que todo traductor ha pasado por esa fase en la que piensa: “En la facultad no he aprendido nada, ¿por qué narices no estudié Lade como la prima Carmencita?”  o “Pff, yo ya sabía inglés cuando entré en la carrera, si hubiese estudiado   (añada titulación superior aquí)  ahora estaría en la cumbre”.
Ante ésto, uno empieza a buscar puestos que suenan bien y que se salen del itinerario típico, la mayoría relacionados con los departamentos de ventas, la gestión empresarial…A algunos les suena la flauta, a la inmensa mayoría los ignoran; “vale que sepas inglés y alemán, pero tu formación no encaja con el perfil que buscamos”.

Fase 3: Destrucción, drama y bajada a los infiernos

Siempre he diferenciado entre dos tipos de “depresiones”, la europea y la americana. La primera consiste en suspirar cada 15 segundos recostado sobre un diván de cuero mientras se dan tragos largos a una copa de vino,  con el sentimiento autocomplaciente de estar triste pero resultar estético. La segunda variante, la americana, es una mezcla de Bridget Jones y el síndrome de Diógenes. El pijama se adhiere a la piel, pasas cuatro días sin pisar la calle (salvo para comprar tabaco) y en un mismo paseo a la nevera te comes sin pensar un helado, 2 lonchas de queso, un trago de zumo y un bollicao. Los conceptos de dieta mediterránea, experiencia organoléptica o higiene en la manipulación de alimentos desaparecen. Yo opté por este segundo tipo de “depresión”.

Fase 4: Levántate y anda

En mi caso yo fui un afortunado, tuve siempre el respaldo de mi familia y mi pareja me aguantó con estoicismo llantos, quejas y basura emocional de todo tipo. Durante la fase 3 uno tiene una nube en la cabeza que no deja pensar con claridad y hasta que uno no toca fondo, no es capaz de plantear un plan B.
Mi particular resurrección fue hacerme autónomo, quitarme complejos y miedos, buscar, buscar y buscar hasta encontrar en otros colegas la inspiración o el modelo que me gustaría ser. Aunque no los conozco personalmente, les debo mucho a los autores un par de blogs  como “Algo más que traducir” y webs de otros autónomos. Durante la gestación de un proyecto uno está ilusionado, nervioso y es cauto en sus movimientos, pero pese a toda la carga emocional, de complejos y burocrática, se sale adelante y la sensación de crear algo es maravillosa y muy muy recomendable. Solo para crear el logo de mi empresa estuve tres noches sin dormir viéndome cuantos tutoriales hay en youtube sobre el tema (bendita demo de Adobe Illustrator…) .De modo que si hay alguien que me lee….¡ÁNIMO!

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