Archivo | junio, 2012

Torrijas por despecho

13 Jun

Hoy, si me lo permitís, me gustaría salirme un poco del mundo de la traducción para expresar mi malestar general.

Hay gente que ante una situación de estrés máximo o cuando la frustración ahoga sus anhelos es capaz de gritar, de romper cosas, de maldecir el momento de su nacimiento o el del prójimo.

Yo no. Mi infancia me dotó de un escudo diplomático: era la única manera de llegar intacto a la universidad dada mi alergia a la confrontación y mi escepticismo ante el deporte. Por eso, cuando me siento mal, cocino (y como, como como si no hubiese un mañana, sin importarme ese futuro de colesterol y aeróbic que algunos me auguran, sin importarme esa incipiente papada mía en la que en un par de años cabrán doce doradas de kilo y medio cada una).

Antes de que comience a divagar, pues mi infancia es un tema que me gusta discutir bastante, mejor me centro. El caso es que leyendo la prensa española, leí a algún político hablando del pan encima de la mesa de los españoles. El pan, el alimento demagógico por excelencia. Además de ser muy nutritivo, el pan incluye en su receta un pasado histórico deleznable: todos los dictadores y déspotas han jugado con su nombre y con su escasez. “Ni un hogar sin lumbre ni una mesa sin pan”, rezaba un conocido eslogan del franquismo.

Harto de tanta demagogia, cojo una barra de pan del día anterior: el pan duro no está duro, lo duro es no tener pan, dicen. ¡A la mierda! En España somos creativos y expertos en economía doméstica de postguerra: hoy voy a hacer torrijas.

Un chute de azúcar y de amor de abuela para enfrentarse al mundo.
(foto padresynones.es)

Cortamos ese pan duro en rodajas de unos dos centímetros, preferiblemente imaginándonos el cuello del político de turno, del cliente que nos ratea y devalúa nuestro precio por palabra o simplemente de alguien que no nos guste.

En el canal de noticias 24 horas continúan hablando. Me gusta escuchar la radio o tener el runrún de las noticias de fondo mientras me dedico a “mis labores”. No sé cuántas veces he escuchado ya hablar de la prima de riesgo, pero aunque nunca he tenido al 100% claro lo que es, la percibo familiar, como a ese lunar que te preocupa pero que forma parte de tu piel.

En un cazo ponemos a hervir dos vasos de leche, una cáscara de limón y una ramita de canela.
En mi cabeza sigue hirviendo la indignación. Esta semana perdí a un cliente potencial. Lo cierto es que debería estar agradecido: tras una ardua negociación de 6 emails el precio final por palabra, que por vergüenza no diré, incluía fracciones de céntimo. Estuve muy tentado de ofrecerle “fracciones de letra”. El caso es que no lo acepté, pero también es cierto que mi volumen de encargos no es por el momento tan grande como desearía y me quedé con algo de desasosiego, más aún viendo a diario cómo los organismos públicos apuestan cada vez menos por la contratación de traductores e intérpretes.

Retiramos la leche del fuego, la vertemos sobre un plato hondo y la dejamos enfriar.

La locutora del programa sigue hablando: crisis, crisis everywhere. Soy de los que piensan que en España nos han vendido la crisis como el “que viene el coco”. Naturalmente que existe, sería una estupidez negarlo a estas alturas, pero ese miedo al gasto no ayuda. Hay países que viven en crisis desde que nacieron, me imagino que a ellos les resultará insultante la manera que tenemos de rasgarnos las vestiduras ante la merma de nuestro estado de bienestar. Y claro que sé que la crisis es un drama  real en algunas casas, donde no entra el dinero desde hace meses. Al fin y al cabo la crisis se ha traducido en excusa por parte de algunos empleadores y políticos para meter tijera donde hace unos años no podían. Para nosotros, traductores, intérpretes y lingüistas en general, si bien el sector no ha experimentado un retroceso como en otros ramos, parece que para algunas entidades y empresas la comunicación en otro idioma es un lujo. Por eso, soy de los que piensa que más grave que la crisis de financiación es la crisis de valores de la sociedad en crisis: todos queremos ser más ricos pero nadie quiere ser mejor, y eso si que manda hue…

Batimos dos huevos en un plato y en otro ponemos azúcar mezclada con canela molida. Reservamos y preparamos una fuente con papel absorbente.

Cuando la leche se haya enfriado introducimos las rebanadas de pan. Aunque la receta original no lo lleva, utilizo mi horrible jornada como excusa para añadir a la leche tibia un pequeño chorreón de alcohol (ron, brandy…) sin abandonarme en exceso a la botella.

¡Ay España! ¡Quién te ha visto y quién te ve! Viviendo en la próspera Alemania la realidad se me antoja distinta. No creo demasiado en los orgullos patrios, la historia ha demostrado que hay que guardarse bastante de ellos, pero siempre me ha reconfortado la idea de pertenencia a un país que inspiraba simpatía en medio mundo. No quiero decir que nos hayamos convertido en los parias de Europa, pero empiezo a sospechar que la Europa de dos ritmos que anticipó Merkozy hace ya meses que está presente en la mente de muchos europeos. Pff, Sarkozy, uno que decidió morir matando.

Por suerte, España siempre encuentra una esquina en la que guardar su orgullo ultrajado, a saber: el deporte. En tiempos de Eurocopas y demás, parece que la prima de riesgo se toma el día libre para ir a ver ganar a Nadal en Francia, o al menos es lo que se deduce echando un simple vistazo a twitter. No es ningún secreto que los españoles somos un pueblo evasivo, que a menudo prefiere mirar a otro lado, menos hostil, cuando las cosas se ponen calientes.

Ponemos a calentar un sartén con aceite en gran fritura (es decir, mucho aceite a gran temperatura de modo que el objeto a freír “nade” en él). A continuación dejamos empapar el pan en la leche, la pasamos por el huevo batido, y la metemos en la sartén.

Cuando las torrijas tengan un color dorado retiramos, dejamos que escurran el aceite sobrante en la fuente con papel y rebozamos con el azúcar y la canela que previamente hemos dispuesto en un plato.

Et voilà, unas ricas torrijas. Sé que es un postre típico de Semana Santa, pero mirando la realidad, tan llena de maniquís entronizados y líderes bajo palio, no me pareció tan inapropiado hacerlas.

Las torrijas, como las opiniones, es mejor dejarlas enfriar.

¡Buen provecho!

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